Nos han llegado noticias que nos inquietan... Responde a una o varias de estas preguntas.
Van a quemar todos los libros, ¿cuál esconderías?
¿Cómo sería un mundo sin libros?
¡Prohibido leer! ¿qué opinas?
jueves, 28 de febrero de 2008
miércoles, 27 de febrero de 2008
Comida - tertulia sobre "El abrecartas"

En esta bacanal de gazpacho marinero
brindo a la italiana y abro cartas, compañero.
Hacia el postre me dirijo, sobrio y altanero
que entre cháchara y cháchara impaciente espero.
Sobre el blanco mantel una copa nos han puesto,
preparándonos para el brindis que Mª José ha propuesto,
para descifrar el enigma del palomo o la paloma,
nos da la explicación que hace la teología
mientras pensamos en terminar
con un brindis virginal
y deshacernos con él del himen mental
que nos ofrece la filosofía.
Cosa cierta en verdad es
que el que no folla, nos jode,
así dijo D. Sancho al hermano D. Quijote.
Y así, con tal entender,
tras el postre de manzanas acabado,
tomándonos el café
y charlando de Susana
(que es la niña de Rajoy)
ya nos vamos.
y deshacernos con él del himen mental
que nos ofrece la filosofía.
Cosa cierta en verdad es
que el que no folla, nos jode,
así dijo D. Sancho al hermano D. Quijote.
Y así, con tal entender,
tras el postre de manzanas acabado,
tomándonos el café
y charlando de Susana
(que es la niña de Rajoy)
ya nos vamos.
POR EL PLACER DE LA LECTURA
La SGAE (Sociedad General de Autores) ataca de nuevo.
Escrito y firmado por José Luís Sampedro, escritor, filósofo y buena gente.
POR LA LECTURA
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia.. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
José Luis Sampedro
Escrito y firmado por José Luís Sampedro, escritor, filósofo y buena gente.
POR LA LECTURA
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia.. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil.
Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!
José Luis Sampedro
lunes, 18 de febrero de 2008
Vicente Molina Foix, un novísimo llamado a ser novelista.

Cuando José María Castellet compiló allá en los años setenta bajo el nombre de Nueve novísimos poetas españoles la obra de unos jóvenes poetas que comenzaban a despuntar en el panorama literario español, no imaginaba la repercusión que su publicación acabaría teniendo, hasta el punto de marcar generacionalmente a todos sus componentes. Con el paso de los años, unos mejor que otros, fueron encontrando su lugar y consolidándose en ese complejo paraíso de la república literaria. Pero, a veces, la versatilidad creativa de alguno de sus componentes ha acabado por hacer olvidar aquella etiqueta de novísimos que terminó por encasillarlos en la historia de la literatura española. Este es el caso, sin duda, de Vicente Molina Foix. El amplio forjado intelectual del escritor ilicitano explica que estemos ante un autor capaz de moverse a la perfección desde la poesía hasta la novela, desde el ensayo hasta la dirección cinematográfica. La trayectoria de Molina Foix viene, además, jalonada de diversos reconocimientos y premios que lo han consagrado como uno de las plumas más prestigiosas del panorama intelectual español. De este modo, caben destacarse galardones como el premio Barral, el premio Azorín, el premio Herralde y, últimamente, el codiciado Premio Nacional de Narrativa por su novela El abrecartas. El lector que haya seguido con atención la evolución literaria de tan polifacético autor, habrá observado un recorrido estilístico que se inicia con unas altas dosis de experimentalismo y que con el paso de los años ha desembocado en una escritura más cercana, no sin carecer de cierto atrevimiento, que ha sido despojada del carácter hermético de sus primeros textos.
Que duda cabe, de que leer a Molina Foix supone exponernos a lo inesperado, a lo sorpresivo, por cuanto es capaz de variar tanto de género, de estilo o de registro, pero siempre con un marcado sello personal. Así, su último libro, El cine las sábanas húmedas, nos habla de cine y erotismo, unas lectura imprescidible para los amantes de este arte (http://www.espejodetinta.es/cine.html).
Si queréis saber algo más de este interesante escritor podéis consultar esta página del diario El País, en el que suele publicar a menudo artículos de opinión, en esta web http://www.elpais.com/todo-sobre/persona/Molina/Foix/Vicente/52/.
Y para finalizar un retazo de su amplia obra, una de sus sorprendentes poesías. Disfrutadlo.
TREN FANTASMA
Al final de la barra apareciste
como un tren fantasma
que mueve campanillas.
Tu cara aún tenía
el susto del viajero
que, en vagón de madera,
siente los escobazos, el hilo de
la muerte, la calabaza hueca.
Querías compañía para entrar en el túnel.
No te la di, no puedo.
He de ocupar mi sitio
detrás de las cortinas,
para seguir aullando
y mordiendo a los niños.