martes, 25 de enero de 2011

HUYENDO DE LA INVISIBILIDAD

Tertulia del 24 de enero 2011

I. PRIMER PLATO
De ningún modo, y por enlazar con la crónica anterior, huíamos de la "audibilidad". Y así, por si las cajeras de la otra vez pretendían de nuevo acoquinarnos con alguna interferencia, esta vez hemos sido nosotros los escandalosos. Muy escandalosos, me atrevería a decir... Sólo se ha hecho el silencio cuando el camarero ha pedido voluntarios para renunciar a la paella. Eso sí: entre gritos, carcajadas y zarandajas, hemos comentado el libro. Y el veredicto esta vez ha sido casi unánime: inquietante, provocador, iconoclasta (que sí, que lo dijo alguien, pero tenía la boca llena de puré de guisantes y no se le entendió bien) y, además, osado con las formas, variado y entretenido. En fin, un éxito. Aunque igual se me va la mano y se me ve el plumero. Para eso hago yo la crónica, ¿no?

II. SEGUNDO PLATO
Disfrutáis de una buena comida, de comentarios bibliófilos y cinéfilos del todo interesantes... ¿Podéis pedir más? Tan a gusto os encontráis que hasta os permitís el lujo de abrir la caja de Pandora para confesar reacciones físicas, químicas, anímicas a determinados pasajes del libro que os han parecido turbadores. ¿Habéis llegado a un acuerdo sobre si pasó o no pasó lo innombrable, lo que resulta más impactante del libro, el amor fraternal llevado al extremo? Tal vez sea lo de menos. Esta vez no habéis sido muy duros al juzgar a los personajes, a pesar de que algunos habían hecho méritos más que sobrados. Estabais a gusto, y la tolerancia, ya se sabe, aumenta considerablemente con el estómago lleno y la buena compañía.

III. POSTRE
Y como una cosa lleva a la otra, los tertulianos se pusieron a discutir propuestas para la siguiente reunión. Algunos de ellos iban bien preparados, con elaboradas sugerencias fundamentadas en emociones inconfesables. Renuentes y distraídos, con esos rostros colorados tan típicos de voraces lectores de vida austera y monacal que se gastaban, dejaban pasar los minutos sin tomar decisiones, hasta que una voz imperiosa y (pre)potente impuso una votación democrática y libre, como está mandao. El resultado, aunque no unánime, fue rotundo: leerían algo distinto, rompedor y moderno: cómic, novela gráfica, tebeo... su nombre es Polyp, Asterios Polyp y su autor David Mazzucchelli, aconsejado fervientemente por Ana.com y aplaudido por la mayoría. Las ganas de innovar se impusieron incluso a algo tan hermoso como el reencuentro con el amor que prometía Las cosas que no nos dijimos, de Marc Levy (Emilio dixit). Tal vez en otra ocasión. De momento, mejor dejarlo todo en una bonita amistad, pensaron.

IV. CAFÉS. TÉS Y LICORES
Que nadie se confunda: la idea surgió antes de tomar los licores. La tertulia pasa de la pasividad a la creación; de la crítica al valor de exponerse; de la invisibilidad a la evidencia. Porque, señores, todos nos vamos a poner en evidencia cuando expongamos a miradas y oídos ajenos nuestras humildes creaciones de una tarde de invierno (prohibido escribirlas por la mañana en clase). Abel comenzará una historia en nuestro blog y los demás ofreceremos un final a las ávidas críticas de los contertulios.
Y así iremos pasando el curso, buscando en la palabra escrita la estabilidad emocional que nos cuesta tanto mantener en nuestro día a día, condenado a la evanescencia de la oralidad (¡!). Un beso a todos y ¡a seguir tertuliando juntos!

lunes, 24 de enero de 2011

Relato sin final ni título

Fue el mismo año en que cumplí los quince. Creí que mi madre se había vuelto loca. Llevaba semanas protestando por su insomnio. También mi padre le echaba en cara lo inquietas que eran sus noches, cómo daba vueltas de un lado a otro, le pegaba patadas, resoplaba, encendía la luz, salía al baño y gruñía. No le hacía yo a nada de esto demasiado caso, tenía asuntos más trascendentales en mente: el examen de Matemáticas o el escote de Edurne. Fue después cuando di importancia y grabé a fuego en la memoria esas protestas nocturnas como los albores de un final insospechado.

Las paredes de casa se llenaron de cuadros de paisajes marinos, de acuarelas derretidas en blanquecinos reflejos de barquitas y anocheceres de lunas llenas mal trazadas. En concreto los cuadritos se amontonaban en los ladrillos que cerraban el salón principal. De allí no escapaban. Permanecía incrédulo e impasible a cómo los cuadros empapelaban las paredes en un mosaico laberíntico donde el mar se volvía protagonista y antagonista. Aquello debería haberme sugerido que algo invisible y enfermizo se había colado en nuestras vidas, pero solo lo observaba con asombro. Mi padre consentía el imposible y yo no dejaba de preguntarme cuándo pintaba mi madre aquellas nimiedades que por su volumen, persistencia e individualidad se volvían genialidades.............

Aquí os dejo este principio compañeras y compañeros de tertulia para que le pongáis título y final, yo ya lo he culminado, me falta darle nombre. Espero que os guste el inicio.