miércoles, 9 de febrero de 2011

Final del relato

Hola compis de tertulia, cómo ya se acerca el próximo encuentro os añado en esta entrada mi final para el relato, espero impaciente los vuestros. Me alegro que os haya gustado el inicio, espero que no os decepcione el final, hasta pronto. Abel.


Insomnio familiar

Fue el mismo año en que cumplí los quince. Creí que mi madre se había vuelto loca. Llevaba semanas protestando por su insomnio. También mi padre le echaba en cara lo inquietas que eran sus noches, cómo daba vueltas de un lado a otro, le pegaba patadas, resoplaba, encendía la luz, salía al baño y gruñía. No le hacía yo a nada de esto demasiado caso, tenía asuntos más trascendentales en mente: el examen de Matemáticas o el escote de Edurne. Fue después cuando di importancia y grabé a fuego en mi memoria esas protestas nocturnas como los albores de un final insospechado.

Las paredes de casa se llenaron de cuadros de paisajes marinos, de acuarelas derretidas en blanquecinos reflejos de barquitas y anocheceres de lunas llenas mal trazadas. En concreto los cuadritos se amontonaban en los ladrillos que cerraban el salón principal, de allí no escapaban. Permanecía incrédulo e impasible a cómo los cuadros empapelaban las paredes en un mosaico laberíntico donde el mar se volvía protagonista y antagonista. Aquello debería haberme sugerido que algo invisible y enfermizo se había colado en nuestras vidas, pero solo lo observaba con asombro. Mi padre consentía el imposible y yo no dejaba de preguntarme cuándo pintaba mi madre aquellas nimiedades que por su volumen, persistencia e individualidad se volvían genialidades.(...)

Soplé quince velas y tuvieron mis progenitores que cumplir la promesa de dejarme salir con los amigos hasta las dos de la mañana los sábados. Siempre que regresaba mi madre me esperaba manchando lienzos. Pero ella no me esperaba. Descubrí que su falta de sueño la llevaba a pasar las horas inmortalizando inexistentes paisajes hasta la madrugada. Llegaba borracho y me costaba un par de horas conciliar el sueño, me levantaba cada veinte minutos a mear cerveza o calimocho, la luz de su estudio estaba siempre encendida.

La tomé por loca cuando los cuadros escaparon del salón y fueron invadiendo el pasillo. No eran ya barquitos de pesca, ni veleros, ni reflejos de cabañas a la orilla del mar, sino oscuros y tétricos bosques, pantanos y ciénagas paulatinamente más expresionistas, obsesivos y abstractos. Alguna noche me asomaba al estudio y la veía pegar brochazos como quien apalea un perro, con rabia y con gozo. Iba con la idea de decirle: Mamá, ven a dormir, descansa; y me mordía la lengua al verla abstraída, furiosa y obsesionada.

Las veces que pregunté a papá sobre qué le pasaba me huyó siempre que pudo, hasta que dejó de poder y me dijo que sí tenía problemas para dormir y había ido al médico. Aseguraba que no era grave, pero su mirada me decía todo lo contrario. Cambió la personalidad de mamá, la falta de sueño le hacía decir barbaridades. Se despistaba y parecía dormida, pero ella en realidad nunca dormía. Lo supe después. Por fin durmió un mes antes de mi diecisiete cumpleaños, sonrió antes de cerrar los ojos. Ese año no soplé ninguna vela.

Toda esta serie de sucesos los he mantenido ocultos hasta el año pasado. Como he explicado me preocupaban más las tetas de Edurne o el culo de Izaskun, que mi propia madre. En mi caso la muerte fue más llevadera por mi adolescencia y falta de empatía. Si acaso ver a la mujer en aquel estado me incomodaba más por egoísmo que por amor. Temía que me llamaran el hijo de la loca, que me dejara en evidencia y le diera por decir cualquier sinsentido frente a una chica o un amigo.

Tengo treinta y cinco años, he cambiado y vuelvo a pensar en ella. No la recuerdo como una loca. Especialmente la recuerdo en mi infancia. Hace un año que no paro de pensar en ella. Hace doce meses que empecé a mirar todas sus fotos. Hace trescientos sesentaicinco días que me miro en el espejo y busco parecidos con ella, los ojos, el mentón, las aletas de la nariz, y me destroza el alma. He pasado casi toda mi vida estudiando para tener un buen futuro. Tengo una doble licenciatura y sé tres idiomas. Hace dos años conseguí un buen trabajo.

Hace una semana estuve en casa de mis padres. Estuve mirando todos los cuadros del salón uno a uno. Me busqué de alguna manera en los brochazos y traté de entenderla a ella, de entenderme a mí. Llevo tiempo rememorando las voces de mis tías: Eres igualito a tu madre, tienes los mismos ojos. Estoy orgulloso de parecerme a mi madre y lo odio y lo temo. Hace un año que no duermo. Siempre me lo ocultaron, ahora sé que mi madre murió de insomnio, y que se hereda.

Ella pintaba cuadros. Yo al principio bebía, veía películas, leía, lloraba, hacía deporte. Vivo solo y es mejor. Ahora escribo. Escribiré hasta que muera. He colgado esta página en la pared frente a la puerta de entrada. Seguiré colgando las siguientes páginas de mi vida hasta llegar al salón, o hasta donde me quede. No creo que escriba tanto como ella pintó, pero tal vez las palabras me expliquen por qué ella dibujaba mares y bosques en tinieblas.