jueves, 31 de marzo de 2011

Lo pongo como entrada porque no he podido hacerlo como comentario, en fin, cosas de la informática...

El Mar del Norte

(...)Probablemente tenga que ver con lo que pasó, me dije. Lo que pasó. Esa expresión estuvo enquistada en mi familia durante mucho tiempo. No te preocupes, lo que pasó ya está olvidado, decía mi padre con poca convicción. Lo que pasó fue una tontería, insistía mi madre con una expresión que no conseguía disimular su desencanto. Pero esos días descubrí que ni estaba olvidado ni fue una tontería. Estaba más presente que nunca y su fuerza era tan grande que cambiaría nuestras vidas para siempre.

Mi padre era un hombre gris y pusilánime (cuánto le molestaba que mi madre se dirigiera a él de esta manera, sobre todo desde que, ya por fin, descubrió el significado de esa palabra) cuya principal afición era construir maquetas. Teníamos en casa un garaje reconvertido en taller donde ocupaba la mayor parte del tiempo que no pasaba tras la ventanilla de la triste sucursal bancaria en la que trabajaba. Trenes, barcos y aviones a escala eran su obsesión y lo único que compartía conmigo con un mínimo de pasión. No compartía nada con nadie más.

El territorio de mi madre era la buhardilla, y en ella se dedicaba, principalmente, a pintar. Durante toda su vida siempre había estado buscando algo que ni ella misma sabía de qué se trataba. Ella lo llamaba, no sin cierta dosis de afectación, su lugar en el mundo. Su inquietud y su constante desorientación le hacían adoptar con frecuencia actitudes teñidas de un esnobismo patológico. Hace un tiempo, y guiada por su enfermiza avidez, entró a formar parte de una corte de acólitos que frecuentaban de manera entusiasta al selecto grupo de artistas locales, celebrando y aplaudiendo cualquier ocurrencia que estos tuvieran. Entre los artistas se encontraba Julio Robles, pintor de cierto renombre, con fama de mujeriego y egocéntrico, que fue la principal influencia para que mi madre se decantara finalmente, de manera mediocre y obsesiva, por la pintura.

El día fatídico llegó, y pasó. Mi madre desapareció durante una temporada. Para mí fue una eternidad, pero ya se sabe lo relativo que es el tiempo cuando uno tiene siete años. Luego descubrí que habían sido solo tres semanas, en las cuales mi padre se convirtió, de manera definitiva, en el hombre sin rumbo que hoy en día es. A su vuelta, mi madre se refugió en la buhardilla donde pasaba las horas rodeada de sus cuadros. Durante los años siguientes mantuvo un precario contacto con la realidad y parecía que únicamente estaba verdaderamente tranquila cuando peinaba la larga melena rubia de mi hermana.

De repente, un día, comenzaron a aparecer esos síntomas de desasosiego tan preocupantes. Esas interminables noches, esos cuadros que por primera vez abandonaron su lugar natural y empezaron a inundar la casa, y, por fin, la llegada de otro día fatídico. Era miércoles y amaneció sin que mi madre hubiera pegado ojo en toda la noche, entró en el cuarto de baño y al cabo de unos minutos lo abandonó maquillada de manera patética, salió de casa y ya no la volvimos a ver con vida. A mi padre pareció no afectarle demasiado, hacía tiempo que ya no estaba en este mundo. A mí me costó superarlo pero parece que lo he conseguido, aunque no puedo evitar tener, de manera periódica, crisis emocionales que me dejan fuera de todo por un tiempo. Pero mi hermana, que tenía siete años en aquel momento, ha crecido sin entender nada y sin armas para poder defenderse contra algo tan tremendo como el suicidio de una madre.

Cuando llegó la policía y registró la casa, encontró en su buhardilla, ya vacía de cuadros, las paredes pintadas con paisajes costeros y un recorte de periódico en el que aparecía una fotografía del pintor Julio Robles, con su pose arrogante y su larga melena rubia. Junto a la imagen del artista se encontraba la noticia de una exposición de su obra que suponía su vuelta a la ciudad después de una ausencia de ocho años en los que había estado viviendo en la Costa Brava, desde donde había conseguido alcanzar un reconocimiento a nivel internacional, por lo que la corporación local le iba a brindar el próximo miércoles un merecido homenaje.

Fran Coquillat