Insomnio familiar
Fue el mismo año en que cumplí los quince. Creí que mi madre se había vuelto loca. Llevaba semanas protestando por su insomnio. También mi padre le echaba en cara lo inquietas que eran sus noches, cómo daba vueltas de un lado a otro, le pegaba patadas, resoplaba, encendía la luz, salía al baño y gruñía. No le hacía yo a nada de esto demasiado caso, tenía asuntos más trascendentales en mente: el examen de Matemáticas o el escote de Edurne. Fue después cuando di importancia y grabé a fuego en mi memoria esas protestas nocturnas como los albores de un final insospechado.
Las paredes de casa se llenaron de cuadros de paisajes marinos, de acuarelas derretidas en blanquecinos reflejos de barquitas y anocheceres de lunas llenas mal trazadas. En concreto los cuadritos se amontonaban en los ladrillos que cerraban el salón principal, de allí no escapaban. Permanecía incrédulo e impasible a cómo los cuadros empapelaban las paredes en un mosaico laberíntico donde el mar se volvía protagonista y antagonista. Aquello debería haberme sugerido que algo invisible y enfermizo se había colado en nuestras vidas, pero solo lo observaba con asombro. Mi padre consentía el imposible y yo no dejaba de preguntarme cuándo pintaba mi madre aquellas nimiedades que por su volumen, persistencia e individualidad se volvían genialidades.(...)
Soplé quince velas y tuvieron mis progenitores que cumplir la promesa de dejarme salir con los amigos hasta las dos de la mañana los sábados. Siempre que regresaba mi madre me esperaba manchando lienzos. Pero ella no me esperaba. Descubrí que su falta de sueño la llevaba a pasar las horas inmortalizando inexistentes paisajes hasta la madrugada. Llegaba borracho y me costaba un par de horas conciliar el sueño, me levantaba cada veinte minutos a mear cerveza o calimocho, la luz de su estudio estaba siempre encendida.
La tomé por loca cuando los cuadros escaparon del salón y fueron invadiendo el pasillo. No eran ya barquitos de pesca, ni veleros, ni reflejos de cabañas a la orilla del mar, sino oscuros y tétricos bosques, pantanos y ciénagas paulatinamente más expresionistas, obsesivos y abstractos. Alguna noche me asomaba al estudio y la veía pegar brochazos como quien apalea un perro, con rabia y con gozo. Iba con la idea de decirle: Mamá, ven a dormir, descansa; y me mordía la lengua al verla abstraída, furiosa y obsesionada.
Las veces que pregunté a papá sobre qué le pasaba me huyó siempre que pudo, hasta que dejó de poder y me dijo que sí tenía problemas para dormir y había ido al médico. Aseguraba que no era grave, pero su mirada me decía todo lo contrario. Cambió la personalidad de mamá, la falta de sueño le hacía decir barbaridades. Se despistaba y parecía dormida, pero ella en realidad nunca dormía. Lo supe después. Por fin durmió un mes antes de mi diecisiete cumpleaños, sonrió antes de cerrar los ojos. Ese año no soplé ninguna vela.
Toda esta serie de sucesos los he mantenido ocultos hasta el año pasado. Como he explicado me preocupaban más las tetas de Edurne o el culo de Izaskun, que mi propia madre. En mi caso la muerte fue más llevadera por mi adolescencia y falta de empatía. Si acaso ver a la mujer en aquel estado me incomodaba más por egoísmo que por amor. Temía que me llamaran el hijo de la loca, que me dejara en evidencia y le diera por decir cualquier sinsentido frente a una chica o un amigo.
Tengo treinta y cinco años, he cambiado y vuelvo a pensar en ella. No la recuerdo como una loca. Especialmente la recuerdo en mi infancia. Hace un año que no paro de pensar en ella. Hace doce meses que empecé a mirar todas sus fotos. Hace trescientos sesentaicinco días que me miro en el espejo y busco parecidos con ella, los ojos, el mentón, las aletas de la nariz, y me destroza el alma. He pasado casi toda mi vida estudiando para tener un buen futuro. Tengo una doble licenciatura y sé tres idiomas. Hace dos años conseguí un buen trabajo.
Hace una semana estuve en casa de mis padres. Estuve mirando todos los cuadros del salón uno a uno. Me busqué de alguna manera en los brochazos y traté de entenderla a ella, de entenderme a mí. Llevo tiempo rememorando las voces de mis tías: Eres igualito a tu madre, tienes los mismos ojos. Estoy orgulloso de parecerme a mi madre y lo odio y lo temo. Hace un año que no duermo. Siempre me lo ocultaron, ahora sé que mi madre murió de insomnio, y que se hereda.
Ella pintaba cuadros. Yo al principio bebía, veía películas, leía, lloraba, hacía deporte. Vivo solo y es mejor. Ahora escribo. Escribiré hasta que muera. He colgado esta página en la pared frente a la puerta de entrada. Seguiré colgando las siguientes páginas de mi vida hasta llegar al salón, o hasta donde me quede. No creo que escriba tanto como ella pintó, pero tal vez las palabras me expliquen por qué ella dibujaba mares y bosques en tinieblas.
6 comentarios:
Me parece que trentaicinco está mal escrito. Debería ser treinta y cinco.
Toda la razón, ya está corregido.
Hola, compis. Ahí va mi propuesta. Creo que quedamos en hacerlo así, a modo de comentario...
Fue el mismo año en que cumplí los quince. Creí que mi madre se había vuelto loca. Llevaba semanas protestando por su insomnio. También mi padre le echaba en cara lo inquietas que eran sus noches, cómo daba vueltas de un lado a otro, le pegaba patadas, resoplaba, encendía la luz, salía al baño y gruñía. No le hacía yo a nada de esto demasiado caso, tenía asuntos más trascendentales en mente: el examen de Matemáticas o el escote de Edurne. Fue después cuando di importancia y grabé a fuego en mi memoria esas protestas nocturnas como los albores de un final insospechado.
Las paredes de casa se llenaron de cuadros de paisajes marinos, de acuarelas derretidas en blanquecinos reflejos de barquitas y anocheceres de lunas llenas mal trazadas. En concreto los cuadritos se amontonaban en los ladrillos que cerraban el salón principal, de allí no escapaban. Permanecía incrédulo e impasible a cómo los cuadros empapelaban las paredes en un mosaico laberíntico donde el mar se volvía protagonista y antagonista. Aquello debería haberme sugerido que algo invisible y enfermizo se había colado en nuestras vidas, pero solo lo observaba con asombro. Mi padre consentía el imposible y yo no dejaba de preguntarme cuándo pintaba mi madre aquellas nimiedades que por su volumen, persistencia e individualidad se volvían genialidades.(...)
La mirada perdida en el fondo del pozo gris de sus ojeras me alarmó hasta el extremo de abordar directamente el tema durante la comida, cosa que no solíamos hacer a menudo, todo sea dicho. Así, entre el primero y el segundo, le espeté la gran pregunta: “¿Ocurre algo que yo deba saber?”. Fue fugaz, pero lo vi: apenas un destello entre los dos, un gesto contenido, un suspiro imperceptible. Luego, nada. La negativa: “Estoy pasando malas noches, eso es todo”.
Las cosas siguieron aproximadamente igual durante los meses siguientes; incluso llegó un día en el que los cuadros, las discusiones, las ojeras, los silencios cada vez más frecuentes alcanzaron el grado de rutina. Yo, eso sí, tenía pesadillas. Y en todas las pesadillas aparecía, de un modo u otro, el mar y siempre un insoportable chillido, un indescriptible ultrasonido, me devolvía a la realidad de mi cama. Supuse que la razón debía de ser mi entorno inmediato, aquellos cuadros que habían ido tomando las paredes de la casa. Una de las noches me despertó el aroma intenso de las algas marinas. Abrí los ojos, seguro de que el olor se evaporaría como solían evaporarse mis sueños, pero persistía. Decidí salir de mi habitación, que había acabado siendo el último reducto terrestre de la casa... Nada más poner los pies en el suelo, lo oí. Era el ruido de siempre, pero esta vez no estaba en el sueño. Abducido por el extraño atractivo que aquel sonido ejercía sobre mí, salí al pasillo, abrí la puerta del salón, llegué hasta la habitación de mis padres y de allí pasé al cuarto de baño. El grito de mi madre al verme fue estremecedor. Saltó de la bañera al suelo y se alejó arrastrándose, reptando, impulsada por su extraña cola de pez hasta el salón. Mi padre, superado por las circunstancias, se quedó inmóvil sentado en el borde de la bañera, vaciando atónito una bolsa de sal marina en el agua...
Nunca volvimos a ver a mi madre. No hemos vuelto a saber de ella desde aquella noche. Mi padre se ha ido acostumbrando a la soledad, aunque se niega a retirar los cuadros de las paredes. Todas las tardes, con la puesta de sol, se acerca a la playa y se sienta en la arena durante un par de horas. No me ha dejado nunca que lo acompañe. Creo que abriga la esperanza de que ella vuelva algún día. También creo que se teme lo peor con respecto a mí. Por eso me mantiene alejado del mar.
Mercedes Villegas
Apurando hasta el final el plazo que nos dimos, y con permiso de Lovecraft, aquí va mi escrito:
... Mi padre consentía el imposible y yo no dejaba de preguntarme cuándo pintaba mi madre aquellas nimiedades que por su volumen, persistencia e individualidaad se volvían genialidades. Los miraba extasiado y, en ocasiones, llegaba a percibir un ligero movimiento en las aguas nocturnas, que, según mi padre repetía incansablemente, estaban fijas. “No le des mayor importancia”, me decía, “tu madre sólo está pasando por una mala racha”. Eso me decía, pero en sus ojos yo encontraba el mismo terror que yo experimentaba, un terror hacia algo que ignoraba, que tan sólo sentía de forma difusa, pero que poco a poco comenzó a materializarse en las pinturas. Allí, en medio de las olas, una figura luchaba por sobrevivir, hacía esfuerzos titánicos por alcanzar una roca, un trozo de madera sobre el que dejar descansar su cuerpo unos instantes, la orilla. Yo la veía moverse en cada pintura. Mi padre negaba lo que para mí era evidente, o quizá lo que decía era cierto y no veía nada. Mi madre pasaba la mayor parte del día encerrada en su habitación, consolada por montañas de somníferos. Las pocas ocasiones en que me permitía verla ni siquiera pude conversar con ella. Aunque estuviera despierta, hablaba como en sueños, con la mirada perdida, de un intenso color azul. Pronunciaba palabras sin sentido, pero no iban dirigidas a mí, o eso creo, pues lo único que podía entender de su incomprensible discurso hacía alusión a un regreso, a un regreso que temía, que le causaba horror, a juzgar con su gesto descompuesto.
El desasosiego que me producían estas visitas se acentuaba a medida que abandonaba su habitación y me encaminaba hacia el salón principal. Mi padre se ausentaba cada vez con mayor frecuencia. Buscaba cualquier excusa para salir y regresar lo más tarde posible, o ni tan sólo volver hasta pasados varios días. En el salón, yo solo, veía aproximarse a la figura. Cada día era más fuerte, cada día se acercaba más a la orilla.
Cuando apenas faltaban unas semanas para que cumpliera los 16, ya podía distinguir sus rasgos en cada una de las acuarelas, iluminados por la luz de la luna. Era un ser humano, no cabía duda, y su rostro, aunque desconocido para mí, me resultaba vagamente familiar. Sentía que ya había contemplado ese rostro con anterioridad, pero ¿cuándo?, ¿dónde? Los exámenes, las curvas de Edurne, las llamadas preocupadas de mis amigos, todo dejó de importarme. Dejé de ir al instituto y pasaba las horas sentado frente a las pinturas, observando la llegada de la figura a la orilla. En varias ocasiones sonó el teléfono. Fue en vano: mi padre prácticamente había abandonado nuestra casa, mi madre, encerrada día y noche, ya no dormía, sólo gritaba y recorría en círculos la habitación como los locos que tantas veces había visto en las películas.
Sin darme cuenta, llegó la víspera de mi cumpleaños. De noche, a oscuras, fijaba mi vista en los cuadros del salón. Ahí estaba siempre la figura. Con una última brazada, había alcanzado la orilla y alzaba sus brazos triunfante hacia la luna, que brillaba en la pintura aún más que la que podía verse a través de la ventana. Cerré los ojos un momento. Cuando los abrí, sonaron en mi reloj los pitidos de una alarma que absurdamente había programado un año antes para avisarme de que en ese momento cumpliría 16 años. Un olor nauseabundo inundó la estancia, un olor a madera húmeda y podrida, a pescado en mal estado. Oí cómo mi madre abría con furia la puerta de su habitación y, tras meses de encierro, corría dando alaridos hacia donde yo me encontraba. Pero no estábamos solos. Comprobé con horror que la figura cuyos progresos por el mar había estado contemplando durante semanas había desaparecido de las paredes, de cada una de las pinturas. Me volví lentamente, sin desearlo en realidad, pues sabía que la presencia que había percibido estaría allí, en la entrada del salón, dispuesta a reencontrarse con mi madre, pobre loca, y conmigo.
¿Cuándo sucedió? No me percaté hasta que un día escuché una discusión acalorada entre mis padres y cómo lanzaba reproches mi padre a mi madre. Tras este episodio, mi madre no tardó mucho en cambiar su estado de ánimo.
Seis meses antes, se había celebrado un congreso en Santander, al cual había acudido mi madre, junto con otros compañeros de profesión. A su regreso estaba exultante, cariñosa, radiante; siempre estaba relatándonos el paisaje tan maravilloso que se veía desde el palacio de la Magdalena, cómo cambiaba el color del mar, cómo brillaba la luna en el mar alumbrando las barquitas, qué maravillosos días había pasado. Parecía otra mujer, mucho más alegre. Pasaba mucho tiempo fuera de casa, tenía grandes proyectos en su trabajo, siempre compartidos con otros compañeros. Casi nunca estaba en casa. Eran tiempos muy felices, nada ni nadie se inmiscuía en mis asuntos. Yo ya tenía bastante con Edurne.
Todo transcurría con normalidad, hasta que, súbitamente, todo se trastocó: no paraba de interrogarme, siempre estaba gritando, no quería ver a nadie, no podía dormir, se pasaba los días encerrada en su habitación y solamente salía para pintar aquellos cuadros que, por otro lado, era lo único que parecía que la devolviera a la vida.
¿Qué representaban aquellas imágenes?. ¿Por qué se transformaba tanto cuando estaba pintando o ante sus cuadros?
La visita a casa de un compañero de trabajo para interesarse por su salud fue la clave. ¿Cómo no lo habría descubierto antes?. Las imágenes evocaban sentimientos vividos seis meses antes y que no había experimentado jamás…
Publicar un comentario