jueves, 6 de octubre de 2011


El poeta sueco Tomas Tranströmer es el ganador del premio Nobel de Literatura 2011. Según la Academia Sueca “da un acceso fresco a la realidad a través de sus translúcidas y concentradas imágenes”. Esta vez las quinielas no estaban muy alejadas del fallo final del jurado. El Nobel de Literatura no se otorgaba a un poeta desde que lo recibiera la polaca Wislawa Szymborska en 1996.

Esta vez la Academia ha tirado para casa, algo que no ocurría desde que galardonaran a Harry Martinson en 1974. Se comprenden así los gritos de júbilo de los periodistas cuando se ha anunciado el premio. Porque el sucesor de Mario Vargas Llosa nació en Estocolmo el 15 de abril de 1931, es psicólogo de profesión y este premio es la confirmación de que se trata del poeta sueco más importante. Es, además, un buen pianista.
Su primera obra, 17 poemas, apareció en 1954 y desde entonces sus libros han sido traducidos a más de 60 idiomas. En total 15 obras de poesía que en España han sido recopiladas en dos antologías, ambas publicadas por Nórdica: El cielo a medio hacer (2010) y Deshielo a mediodía (2011). Desde que un ictus le paralizara el lado derecho del cuerpo en 1990, sus publicaciones han sido más escasas aunque nunca ha dejado de escribir.


Y como muestra, un poema:


PRELUDIUM


DESPERTAR es un salto en paracaídas del sueño.
Libre del agobiante torbellino, se hunde
el viajero hacia la zona verde de la mañana.
Las cosas se encienden. Él percibe —en la vibrante
postura de la alondra— las oscilantes lámparas subterráneas
del poderoso sistema de las raíces de los árboles. Pero a flor
de tierra
—en abundancia tropical— está el verdor
con los brazos al aire, en escucha
del ritmo de una bomba invisible. Y él
se hunde hacia el verano, se descuelga por
el cráter cegador, hacia abajo
a través de grietas de edades verde-húmedas
palpitantes bajo la turbina del sol. Así es detenido
este viaje vertical por el instante y las alas se ensanchan
hasta ser la quietud del gavilán sobre aguas torrenciales.
Tonos desamparados
de las trompetas de la Edad de Bronce
cuelgan sobre el abismo.
En las primeras horas del día, la conciencia puede abarcar
el mundo
como la mano oprime una piedra entibiada por el sol.
El viajero está bajo el árbol. ¿Se extenderá,
después de la caída por el torbellino de la muerte,
una gran luz sobre su cabeza?


Podemos buscar otros para comentar en la próxima tertu, ¿os parece?

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